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La Biblioteca del Psiquiátrico.

locos

Si me echáis de menos por los Arrozales, tal vez esté pasando un rato en la biblioteca. No os olvidéis de pasar por mi otro blog. ¿No me digas que te da miedo asomarte al psiquiátrico?. Pues no sabes lo que te pierdes, porque todas mis hermosas locuras están por allí, flotando como fantasmas. Prometo que te daré ningún electroshock, a menos que me lo pidas, claro. Sé valiente y pulsa sobre el lindo gatito, vamos, ¿a qué esperas …?

La Paradoja del Loco.

Cuando era pequeña, estaba un poco obsesionada con el hecho de estar loca, si lo estaba o no. Mi abuela, sabia mujer, me decía para tranquilizarme que los locos no saben que están locos, si piensas que estás loco, entonces estás cuerdo. Y yo me quedaba tan tranquila el tiempo que dura en pasar una mosca, que es el que tardo yo en asociar una idea con cinco más. Me decía a mi misma (porque yo hablaba conmigo misma, por eso creía que estaba loca; dicen que locos hablan solos, pero yo me respondía) “tu crees que estás loca, entonces estás cuerda, pero como sabes que si aceptas la locura no lo estás, entonces sí lo estás” . Y así empezaba con la interminable Paradoja del Loco, que como la del tebano mentiroso no tiene solución lógica. Por suerte inventaron la bipolaridad, así puedo decir que estoy loca y cuerda al mismo tiempo.

Lo que si sé es que los locos abrimos los caminos que los sabios andarán. Alguien lo dijo y no sé si estaba loco. Pero si tu has entrado a esta biblioteca … ¿no deberías cuestionarte tu salud mental?

loco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La Niña de Bronce Reina de las Ratas.

¿Qué ves cuando miras a alguien que no tiene tu miedo?

Tres años después otra niña le mostraría un camino más, camino que ella intentó seguir pero nunca tuvo valor. Acababa de salir del instituto y tenía que esperar una hora en la estación de trenes hasta que llegara el que la llevaría a casa. Como todos los días, recorría el andén de principio a fin. Andén arriba, andén abajo. Andén arriba, andén abajo. En invierno hacía ese mismo paseo de noche, pero ahora los días empezaban a ser más largos, y aunque estaba anocheciendo, todavía había bastante luz. Le encantaba esa hora de la tarde, la del anochecer. Para una persona que adora la muerte, la muerte del día es un guiño amistoso. Había llegado al final del andén cuando el tren que venía de frente a ella, un mercancías que no tenía que parar, frenó bruscamente. Angélica escuchó como chirriaban los frenos y pudo ver a los vagones tambaleándose. Ella estaba en el andén contiguo, el que llevaba a la otra dirección, parecía que el tren iba a volcar. Pero no volcó. Al final se estabilizó y se detuvo. En el otro extremo, en la cabecera de la vía, dónde paró la máquina, se escuchaban gritos y voces muy altas. Angélica recorrió su camino de vuelta hacia la cabecera, muy despacio, al mismo ritmo de su paseo. Vio que todos los semáforos se ponían en rojo y algunas personas bajaban a la vía y se llevaban las manos a la cabeza. “Espero que no sea un gatito”, pensó. No soportaba ver gatitos atropellados. Pero no, por un gato ningún tren se habría detenido. Ya estaba muy cerca de la cabeza del tren y vio algo en las vías, era una carpeta de instituto, parecida a la que ella abrazaba contra su pecho en ese mismo momento. Después unas manchas oscuras, y cerca de la carpeta, una mano. Solo una mano. Pequeña, de dedos largos, manchada de sangre, blanca. Una mano que antes debió estar unida al brazo de una chica joven. La dueña de la mano no estaba lejos, debajo de la máquina pudo distinguir una maraña de pelo castaño ensangrentado y el cuerpo de una chica menuda. Nadie la había visto antes. Nadie se dio cuenta de que se acercaba demasiado al borde del andén. Tampoco el maquinista del mercancías vio a la chica hasta que ésta saltó delante del tren y se golpeó contra la cabina, entonces frenó, pero ya era demasiado tarde. Angélica se sentó en el andén mirando a aquella chica muerta, la sentía tan cercana, incluso la admiraba por su valor para saltar, ella lo había pensado mil veces cada vez que se acercaba al borde de la vía. Cerrar los ojos y saltar. Pero nunca tuvo valor suficiente, para variar. Era como si sus pies estuvieran anclados al cemento del andén con más cemento.

Pronto llegó la Policía. Encontraron su DNI y una nota de suicidio dentro de la carpeta. Parece que había escrito una carta para su madre, y en la nota venía su teléfono y pedía que la avisaran. Curioso. Si Angélica decidiera saltar contra un tren en la última persona que pensaría sería su madre. Tal vez su abuela. Pero cuando has llegado a ese límite, en el que ya no queda nada y el dolor de vivir es tan fuerte, no puedes pensar en nadie, solo en tí misma. El más viejo de los agentes y que debía ser el de más rango, marcó el teléfono. Angélica escuchó cómo preguntaba por un nombre de mujer, sí, hablaba con ella, le preguntó si tenía una hija con el nombre que figuraba en el DNI y de las características de los restos que se adivinaban debajo del tren. Al otro lado del teléfono debieron decir que sí, porque el agente, serio, sin cambiar ni su voz ni su cara, como si diera el parte meteorológico, respondió: “Pues venga a reconocerla a la Estación del Norte.  Su hija es cadáver”. Nadie pudo ver la reacción de la madre, pero todos los allí presentes se indignaron por la crudeza con la que el hombre dio su comunicado. Angélica, sentada al otro lado de la vía, miraba fijamente al guardia. ¿Tan poco valiosa es una chica muerta? Si hubiera sido ella, cosa bastante posible, ¿aquel hombre habría llamado a su abuela y le habría dicho esas mismas palabras? Seguro que su abuela, de estar viva, habría reaccionado acordándose de todos sus parientes, vivos y muertos, soltando después toda una retahíla de insultos y tacos que solo ella era capaz de hilar tan bien, y que podían llegar a los 25. Eso si hubieran tenido teléfono, ella el valor de saltar y la abuela no hubiera muerto el año anterior.

Su compañero, más joven, con cara de espanto y un poco avergonzado ante los comentarios de la gente, le dijo algo, a lo que el señor respondió que para qué perder el tiempo con explicaciones. Angélica le miraba fijamente con sus ojos de inquisidora. Para aquel señor, cincuentón, de cara sería y pelo blanco con su uniforme impoluto, una chica que se suicida era una cobarde, no se merecía su respeto, aquello eran solo unos restos que obstaculizaban el libre tránsito de trenes y su madre, responsable de que “aquello” estuviera allí, debía venir a limpiar la vías, ya que no sabía cuidar de sus hijos. Todo eso vio Angélica en los ojos de aquel hombre, que debió sentir cierto cosquilleo porque volvió la vista hacia ella. Nadie se había fijado en la chica pálida, vestida de negro y sentada en el suelo frente al cadáver de la otra chica, que miraba toda la escena en silencio, seria, con sus grandes ojos muy abiertos. “Se avisa a los señores pasajeros que el tren dirección Coruña hará su entrada por el andén cinco. Y recordamos a la señora que tiene una hija muerta debajo del mercancías que vaya a recogerla al andén uno”. Dijo Angélica con la voz neutra de una megafonía. El guardia del teléfono la miró como con ganas de pegarle una bofetada, pero al final se dio media vuelta y se marchó, diciendo “si tú tuvieras mi trabajo harías lo mismo”. Pero para Angélica aquella chica era una improvisada amiga, podía sentir su dolor, los restos de su desesperación que flotaban como una niebla sobre el cadáver. No haría lo mismo, bajaría a la vía y agarraría esa mano solitaria. “Pobrecita”, le diría, “no sólo sufres en vida sino que nadie te entiende muerta. Has hecho bien en irte, esta vida es una mierda. Ahora te prestan atención, cuando ya es demasiado tarde. Y todos te juzgarán, se darán golpes de pecho y se preguntarán por qué, hipócritas. Se creerán por encima de ti cuando lo único que los separa de tu altura es medio metro de andén”

Al día siguiente, cuando Angélica se bajó del tren en ese mismo andén para ir al instituto, llevaba en su mochila tres velas y una caja de cerillas. Colocó las velas en el borde, justo encima de dónde había estado la chica muerta, las encendió con una cerilla y colocó al lado unas flores que acaba de arrancar de una maceta de la estación de origen, al subirse al tren al inicio de su viaje. Nadie la prestó atención, como siempre. A la vuelta del instituto pensaba que habrían limpiado el andén barriendo sus velas y sus flores, pero se sorprendió viendo que éstas habían crecido, junto a las suyas había más velas y más flores, incluso algún peluche. Los humanos somos una especie extraña, cada día entendía menos a la gente. El ritual de las velitas y las flores duró un par de semanas, hasta que la gente se olvidó por completo de que en esas vías, una tarde de marzo, decidió morir una chica de 16 años. Fantasma en vida, fantasma en muerte.

Fragmento del libro La Reina de las Ratas. Angelika B Corbacho. Prohibida su reproducción sin el consentimiento de la autora. Obra registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid.

Avisados quedáis.

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Los gusanitos, esos grandes amigos.

Lo reconozco, y dicen que ese es el primer paso para superar una adicción. Pero que me lo reconozca yo a mí misma a lo mejor no vale y tengo que reconocerlo en público. Como este blog no lo lee nadie, es como hablar conmigo misma pero sin cuestionarme mi salud mental (¿Otra vez estás hablando contigo misma?, Sí, ¡Tú estás loca, tía!) porque lo malo es que cuando me hablo me respondo y pierdo en la conversación.

Soy adicta, a los gusanitos. Esas cositas amarillentas, esponjosas, que se pegan en el paladar y en la lengua y en todas partes, y tienen pinta de cagarrutas de poliespán. Pues esas. Las necesito, busco los paquetes más grande (de gusanitos) y los devoro en sagundos. Claro, luego las lorzas crecen y me duele el estómago. Y ahora me arrepiento de haberme cepillado tres bolsas porque estoy en plena resaca de gusanitos. Veo un filete y como que me repele, solo quiero roer una caja de cartón. ¿De qué estarán hechos?.

Pero lo peor de todo, y es que las adicciones son muy malas, es que por un gusanito llegas a perder hasta tu dignidad. Ayer descubrí gusanitos de Hello Kitty, la puñetera gatita que está hasta en la sopa, y la odio porque es tan… tan… rosa. Pues me compré la bolsita, coño, eran gusanitos… ¡con forma de florecitas!. Y ahora tengo la prueba empírica de que es una gata satánica.  Me sentí poseída, no sé si por el gusanito en forma de flor o la gata puñetera, pero ahora tengo una calcomanía (el tatuaje de los pobres) en el brazo, rosa, y una pegatina de la gatita rodeada de flores y purpurinas rosas (que venían dentro del paquete), pegada en mi ordenador ¡completamente negro, como todo lo mío!, y encima la muy asquerosa me mira y se ríe.

Y éstas son las consecuencias de toda adicción, que te puedes encontrar un día con una pegatina en el hombro de una gatita vestida de ROSA rodeada florecitas. Eso es malo, no tanto para una niña repollo, pero para mí, que de siniestra me pasé hace años ya al lado oscuro, es humillante. Es lo que tiene necesitar gusatinos para mis procesos creativos, crear creo, pero cosas rosas y con purpurinas.

Damnificados por la adicción a los gusanitos y sujetos que se hayan sentido poseido por la jodía gata rosa, que opinen aquí abajo.

Como hablo sola, ya me opinaré yo que seré la única que me lea.

Besitosss.

La Angelikal Geisha del Arrozal.

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