¿Qué ves cuando miras a alguien que no tiene tu miedo?

Tres años después otra niña le mostraría un camino más, camino que ella intentó seguir pero nunca tuvo valor. Acababa de salir del instituto y tenía que esperar una hora en la estación de trenes hasta que llegara el que la llevaría a casa. Como todos los días, recorría el andén de principio a fin. Andén arriba, andén abajo. Andén arriba, andén abajo. En invierno hacía ese mismo paseo de noche, pero ahora los días empezaban a ser más largos, y aunque estaba anocheciendo, todavía había bastante luz. Le encantaba esa hora de la tarde, la del anochecer. Para una persona que adora la muerte, la muerte del día es un guiño amistoso. Había llegado al final del andén cuando el tren que venía de frente a ella, un mercancías que no tenía que parar, frenó bruscamente. Angélica escuchó como chirriaban los frenos y pudo ver a los vagones tambaleándose. Ella estaba en el andén contiguo, el que llevaba a la otra dirección, parecía que el tren iba a volcar. Pero no volcó. Al final se estabilizó y se detuvo. En el otro extremo, en la cabecera de la vía, dónde paró la máquina, se escuchaban gritos y voces muy altas. Angélica recorrió su camino de vuelta hacia la cabecera, muy despacio, al mismo ritmo de su paseo. Vio que todos los semáforos se ponían en rojo y algunas personas bajaban a la vía y se llevaban las manos a la cabeza. “Espero que no sea un gatito”, pensó. No soportaba ver gatitos atropellados. Pero no, por un gato ningún tren se habría detenido. Ya estaba muy cerca de la cabeza del tren y vio algo en las vías, era una carpeta de instituto, parecida a la que ella abrazaba contra su pecho en ese mismo momento. Después unas manchas oscuras, y cerca de la carpeta, una mano. Solo una mano. Pequeña, de dedos largos, manchada de sangre, blanca. Una mano que antes debió estar unida al brazo de una chica joven. La dueña de la mano no estaba lejos, debajo de la máquina pudo distinguir una maraña de pelo castaño ensangrentado y el cuerpo de una chica menuda. Nadie la había visto antes. Nadie se dio cuenta de que se acercaba demasiado al borde del andén. Tampoco el maquinista del mercancías vio a la chica hasta que ésta saltó delante del tren y se golpeó contra la cabina, entonces frenó, pero ya era demasiado tarde. Angélica se sentó en el andén mirando a aquella chica muerta, la sentía tan cercana, incluso la admiraba por su valor para saltar, ella lo había pensado mil veces cada vez que se acercaba al borde de la vía. Cerrar los ojos y saltar. Pero nunca tuvo valor suficiente, para variar. Era como si sus pies estuvieran anclados al cemento del andén con más cemento.

Pronto llegó la Policía. Encontraron su DNI y una nota de suicidio dentro de la carpeta. Parece que había escrito una carta para su madre, y en la nota venía su teléfono y pedía que la avisaran. Curioso. Si Angélica decidiera saltar contra un tren en la última persona que pensaría sería su madre. Tal vez su abuela. Pero cuando has llegado a ese límite, en el que ya no queda nada y el dolor de vivir es tan fuerte, no puedes pensar en nadie, solo en tí misma. El más viejo de los agentes y que debía ser el de más rango, marcó el teléfono. Angélica escuchó cómo preguntaba por un nombre de mujer, sí, hablaba con ella, le preguntó si tenía una hija con el nombre que figuraba en el DNI y de las características de los restos que se adivinaban debajo del tren. Al otro lado del teléfono debieron decir que sí, porque el agente, serio, sin cambiar ni su voz ni su cara, como si diera el parte meteorológico, respondió: “Pues venga a reconocerla a la Estación del Norte.  Su hija es cadáver”. Nadie pudo ver la reacción de la madre, pero todos los allí presentes se indignaron por la crudeza con la que el hombre dio su comunicado. Angélica, sentada al otro lado de la vía, miraba fijamente al guardia. ¿Tan poco valiosa es una chica muerta? Si hubiera sido ella, cosa bastante posible, ¿aquel hombre habría llamado a su abuela y le habría dicho esas mismas palabras? Seguro que su abuela, de estar viva, habría reaccionado acordándose de todos sus parientes, vivos y muertos, soltando después toda una retahíla de insultos y tacos que solo ella era capaz de hilar tan bien, y que podían llegar a los 25. Eso si hubieran tenido teléfono, ella el valor de saltar y la abuela no hubiera muerto el año anterior.

Su compañero, más joven, con cara de espanto y un poco avergonzado ante los comentarios de la gente, le dijo algo, a lo que el señor respondió que para qué perder el tiempo con explicaciones. Angélica le miraba fijamente con sus ojos de inquisidora. Para aquel señor, cincuentón, de cara sería y pelo blanco con su uniforme impoluto, una chica que se suicida era una cobarde, no se merecía su respeto, aquello eran solo unos restos que obstaculizaban el libre tránsito de trenes y su madre, responsable de que “aquello” estuviera allí, debía venir a limpiar la vías, ya que no sabía cuidar de sus hijos. Todo eso vio Angélica en los ojos de aquel hombre, que debió sentir cierto cosquilleo porque volvió la vista hacia ella. Nadie se había fijado en la chica pálida, vestida de negro y sentada en el suelo frente al cadáver de la otra chica, que miraba toda la escena en silencio, seria, con sus grandes ojos muy abiertos. “Se avisa a los señores pasajeros que el tren dirección Coruña hará su entrada por el andén cinco. Y recordamos a la señora que tiene una hija muerta debajo del mercancías que vaya a recogerla al andén uno”. Dijo Angélica con la voz neutra de una megafonía. El guardia del teléfono la miró como con ganas de pegarle una bofetada, pero al final se dio media vuelta y se marchó, diciendo “si tú tuvieras mi trabajo harías lo mismo”. Pero para Angélica aquella chica era una improvisada amiga, podía sentir su dolor, los restos de su desesperación que flotaban como una niebla sobre el cadáver. No haría lo mismo, bajaría a la vía y agarraría esa mano solitaria. “Pobrecita”, le diría, “no sólo sufres en vida sino que nadie te entiende muerta. Has hecho bien en irte, esta vida es una mierda. Ahora te prestan atención, cuando ya es demasiado tarde. Y todos te juzgarán, se darán golpes de pecho y se preguntarán por qué, hipócritas. Se creerán por encima de ti cuando lo único que los separa de tu altura es medio metro de andén”

Al día siguiente, cuando Angélica se bajó del tren en ese mismo andén para ir al instituto, llevaba en su mochila tres velas y una caja de cerillas. Colocó las velas en el borde, justo encima de dónde había estado la chica muerta, las encendió con una cerilla y colocó al lado unas flores que acaba de arrancar de una maceta de la estación de origen, al subirse al tren al inicio de su viaje. Nadie la prestó atención, como siempre. A la vuelta del instituto pensaba que habrían limpiado el andén barriendo sus velas y sus flores, pero se sorprendió viendo que éstas habían crecido, junto a las suyas había más velas y más flores, incluso algún peluche. Los humanos somos una especie extraña, cada día entendía menos a la gente. El ritual de las velitas y las flores duró un par de semanas, hasta que la gente se olvidó por completo de que en esas vías, una tarde de marzo, decidió morir una chica de 16 años. Fantasma en vida, fantasma en muerte.

Fragmento del libro La Reina de las Ratas. Angelika B Corbacho. Prohibida su reproducción sin el consentimiento de la autora. Obra registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid.

Avisados quedáis.

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