Otra de gatos

Adoro a los lindos y adorables gatitos II

Para mí mis gatitos son tan especiales que se merecen artículos propios. También parece que fue ayer cuando mi querida y adorable Sissi era un bebé gatita, y casi, porque solo tiene (casi) dos añitos.

Jovencita, pero ya se ha hecho la dueña de la casa, todo lo que hay es suyo, y cada cosa que descubre, es suya también. Está mosqueada con el vecino, porque su casa es suya también. Es multicolor, no tricolor como suelen ser los gatos de muchos colores, ella los tienen todos, claro, todo es suyo. Al principio me creí que en lugar de un cachorro me habían dado 10, porque te la encuentras en varios sitios al mismo tiempo, y es que es muy rápida (que se lo digan a las moscas), Sissi Pataslargas llega la primera a cualquier sitio. Luego a mí me toca correr detrás.

Aunque es un bichito, con ella ha llegado un soplo de aire fresco. (Con las carreras que se pega levanta el viento). Ha conseguido lo imposible, que sonría por las mañanas mientras miró el café como una zombi (tengo muy mal despertar), porque lo compartimos, nos bebemos el café juntas. ¿Tal vez debería pasarla al descafeinado?. Lo malo es que Sissi tiene unos morritos muy largos, y en vez de beber, esnifa, así que en los líquidos mete la patita, se la moja y se lame, si me descuido, me llena el café de pelos. Por eso me han regalado una bonita taza con tapa, a juego con mi pijama de pollitos calientes.

Angelika BC

Las fotos y la gata también son mías, bueno, de Sissi.

Una de gatos

Adoro a los lindos y adorables gatitos

Parece que fue ayer cuando nació mi querido Arturito, y ya va a hacer 14 años. De un lindo bebé dormilón ha pasado a ser un lindo abuelo dormilón. Eso sí, despierto habla y come hasta por los codos (por los cuatro). Mi gato habla. sí, se puede pasar horas y horas contándote su vida con toda la variedad posible miaus, marramiaus, marramamiaus, etc. Sigo sin saber qué dice, pero te pone la cabeza como un bombo. Lo más seguro es que diga “quiero comida y echarme una siesta”.

¿No es adorable?.

Angelika BC.

Las fotos y el gato son mías, que quede claro.

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La Niña de Bronce Reina de las Ratas.

¿Qué ves cuando miras a alguien que no tiene tu miedo?

Tres años después otra niña le mostraría un camino más, camino que ella intentó seguir pero nunca tuvo valor. Acababa de salir del instituto y tenía que esperar una hora en la estación de trenes hasta que llegara el que la llevaría a casa. Como todos los días, recorría el andén de principio a fin. Andén arriba, andén abajo. Andén arriba, andén abajo. En invierno hacía ese mismo paseo de noche, pero ahora los días empezaban a ser más largos, y aunque estaba anocheciendo, todavía había bastante luz. Le encantaba esa hora de la tarde, la del anochecer. Para una persona que adora la muerte, la muerte del día es un guiño amistoso. Había llegado al final del andén cuando el tren que venía de frente a ella, un mercancías que no tenía que parar, frenó bruscamente. Angélica escuchó como chirriaban los frenos y pudo ver a los vagones tambaleándose. Ella estaba en el andén contiguo, el que llevaba a la otra dirección, parecía que el tren iba a volcar. Pero no volcó. Al final se estabilizó y se detuvo. En el otro extremo, en la cabecera de la vía, dónde paró la máquina, se escuchaban gritos y voces muy altas. Angélica recorrió su camino de vuelta hacia la cabecera, muy despacio, al mismo ritmo de su paseo. Vio que todos los semáforos se ponían en rojo y algunas personas bajaban a la vía y se llevaban las manos a la cabeza. “Espero que no sea un gatito”, pensó. No soportaba ver gatitos atropellados. Pero no, por un gato ningún tren se habría detenido. Ya estaba muy cerca de la cabeza del tren y vio algo en las vías, era una carpeta de instituto, parecida a la que ella abrazaba contra su pecho en ese mismo momento. Después unas manchas oscuras, y cerca de la carpeta, una mano. Solo una mano. Pequeña, de dedos largos, manchada de sangre, blanca. Una mano que antes debió estar unida al brazo de una chica joven. La dueña de la mano no estaba lejos, debajo de la máquina pudo distinguir una maraña de pelo castaño ensangrentado y el cuerpo de una chica menuda. Nadie la había visto antes. Nadie se dio cuenta de que se acercaba demasiado al borde del andén. Tampoco el maquinista del mercancías vio a la chica hasta que ésta saltó delante del tren y se golpeó contra la cabina, entonces frenó, pero ya era demasiado tarde. Angélica se sentó en el andén mirando a aquella chica muerta, la sentía tan cercana, incluso la admiraba por su valor para saltar, ella lo había pensado mil veces cada vez que se acercaba al borde de la vía. Cerrar los ojos y saltar. Pero nunca tuvo valor suficiente, para variar. Era como si sus pies estuvieran anclados al cemento del andén con más cemento.

Pronto llegó la Policía. Encontraron su DNI y una nota de suicidio dentro de la carpeta. Parece que había escrito una carta para su madre, y en la nota venía su teléfono y pedía que la avisaran. Curioso. Si Angélica decidiera saltar contra un tren en la última persona que pensaría sería su madre. Tal vez su abuela. Pero cuando has llegado a ese límite, en el que ya no queda nada y el dolor de vivir es tan fuerte, no puedes pensar en nadie, solo en tí misma. El más viejo de los agentes y que debía ser el de más rango, marcó el teléfono. Angélica escuchó cómo preguntaba por un nombre de mujer, sí, hablaba con ella, le preguntó si tenía una hija con el nombre que figuraba en el DNI y de las características de los restos que se adivinaban debajo del tren. Al otro lado del teléfono debieron decir que sí, porque el agente, serio, sin cambiar ni su voz ni su cara, como si diera el parte meteorológico, respondió: “Pues venga a reconocerla a la Estación del Norte.  Su hija es cadáver”. Nadie pudo ver la reacción de la madre, pero todos los allí presentes se indignaron por la crudeza con la que el hombre dio su comunicado. Angélica, sentada al otro lado de la vía, miraba fijamente al guardia. ¿Tan poco valiosa es una chica muerta? Si hubiera sido ella, cosa bastante posible, ¿aquel hombre habría llamado a su abuela y le habría dicho esas mismas palabras? Seguro que su abuela, de estar viva, habría reaccionado acordándose de todos sus parientes, vivos y muertos, soltando después toda una retahíla de insultos y tacos que solo ella era capaz de hilar tan bien, y que podían llegar a los 25. Eso si hubieran tenido teléfono, ella el valor de saltar y la abuela no hubiera muerto el año anterior.

Su compañero, más joven, con cara de espanto y un poco avergonzado ante los comentarios de la gente, le dijo algo, a lo que el señor respondió que para qué perder el tiempo con explicaciones. Angélica le miraba fijamente con sus ojos de inquisidora. Para aquel señor, cincuentón, de cara sería y pelo blanco con su uniforme impoluto, una chica que se suicida era una cobarde, no se merecía su respeto, aquello eran solo unos restos que obstaculizaban el libre tránsito de trenes y su madre, responsable de que “aquello” estuviera allí, debía venir a limpiar la vías, ya que no sabía cuidar de sus hijos. Todo eso vio Angélica en los ojos de aquel hombre, que debió sentir cierto cosquilleo porque volvió la vista hacia ella. Nadie se había fijado en la chica pálida, vestida de negro y sentada en el suelo frente al cadáver de la otra chica, que miraba toda la escena en silencio, seria, con sus grandes ojos muy abiertos. “Se avisa a los señores pasajeros que el tren dirección Coruña hará su entrada por el andén cinco. Y recordamos a la señora que tiene una hija muerta debajo del mercancías que vaya a recogerla al andén uno”. Dijo Angélica con la voz neutra de una megafonía. El guardia del teléfono la miró como con ganas de pegarle una bofetada, pero al final se dio media vuelta y se marchó, diciendo “si tú tuvieras mi trabajo harías lo mismo”. Pero para Angélica aquella chica era una improvisada amiga, podía sentir su dolor, los restos de su desesperación que flotaban como una niebla sobre el cadáver. No haría lo mismo, bajaría a la vía y agarraría esa mano solitaria. “Pobrecita”, le diría, “no sólo sufres en vida sino que nadie te entiende muerta. Has hecho bien en irte, esta vida es una mierda. Ahora te prestan atención, cuando ya es demasiado tarde. Y todos te juzgarán, se darán golpes de pecho y se preguntarán por qué, hipócritas. Se creerán por encima de ti cuando lo único que los separa de tu altura es medio metro de andén”

Al día siguiente, cuando Angélica se bajó del tren en ese mismo andén para ir al instituto, llevaba en su mochila tres velas y una caja de cerillas. Colocó las velas en el borde, justo encima de dónde había estado la chica muerta, las encendió con una cerilla y colocó al lado unas flores que acaba de arrancar de una maceta de la estación de origen, al subirse al tren al inicio de su viaje. Nadie la prestó atención, como siempre. A la vuelta del instituto pensaba que habrían limpiado el andén barriendo sus velas y sus flores, pero se sorprendió viendo que éstas habían crecido, junto a las suyas había más velas y más flores, incluso algún peluche. Los humanos somos una especie extraña, cada día entendía menos a la gente. El ritual de las velitas y las flores duró un par de semanas, hasta que la gente se olvidó por completo de que en esas vías, una tarde de marzo, decidió morir una chica de 16 años. Fantasma en vida, fantasma en muerte.

Fragmento del libro La Reina de las Ratas. Angelika B Corbacho. Prohibida su reproducción sin el consentimiento de la autora. Obra registrada en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid.

Avisados quedáis.

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Yo de rosa

La gente se pregunta por qué visto de negro. La gente se pregunta muchas cosas porque se aburre y necesita preguntarse. ¿Y qué les respondes…? Pues porque sí, porque me gusta el negro, porque adelgaza, porque es elegante, porque soy siniestra, porque soy gótica, porque estoy de luto porque se me ha muerto una rata, porque estoy de luto por la inteligencia muerta de la humanidad. Pero la verdad es que estoy traumatizada porque de pequeña me vestían de rosa. Se nota en la cara que no me gustaba mucho ese color.

RIP Knut

RIP Knut.

Berlin. Diciembre 2006-Marzo 2011.

Mil Grullas Para Japón.

La grulla es un símbolo de paz y vida para el pueblo japonés. En un cuento se dice que si reunes mil grullas de papel y haces una plegaria a los dioses, te curas de cualquier enfermedad. Los desastres naturales son como enfermedades de la tierra, así que me gustaría conocer el noble arte del origami y poder hacer mil grullas de papel, para esa gente tan noble y que lo está pasando tan mal.

Cuando yo era muy muy pequeñita, estuve muy muy mala; durante meses no paraba de entrar y salir de hospitales, me sentía como se deben sentir los ratones de laboratorio con tanta aguja, pruebas, jaulas. Recuerdo cuando los médicos le dieron la mala noticia a mi madre, que había muy pocas posibilidades de que saliera de esa, ahí escuché por primera vez la palabra muerte, y empezé a preguntarme cómo sería (los médicos, tal vez, pensaban que una niña tan pequeña no iba a entender esas palabras, pero los niños no son tontos  - no todos – ni sordos). Sabía que algo malo pasaba, porque mi madre no hablaba durante el trayecto del hospital a casa, veía que aguantaba las ganas de llorar y no me soltaba la mano.  Que mi madre no hable es un mal presagio. Ese sentimiento me contagió, y yo también estaba muy triste, y sobre todo confundida.

Estábamos en el metro, en una esquina, y a nuestro lado había un señor, de la edad de mi madre más o menos (todos los adultos son iguales para los niños) recuerdo que llevaba traje claro y corbata y era muy elegante. Esa forma de vestir yo la asociaba con un tío mío que era algo así como un ogro para mí y desconfiaba de la gente con corbata. Los médicos también llevaban corbata. Este señor me sonreía, pero yo tenía cara de puchero y un tipo encorbatado no lo arreglaba. Empezó a arrugar su billete de metro (que antes era un trozo de papel rosa) y de repente le vi de rodillas, a mi lado, regalándome una grulla pequeñita de papel que había hecho con el billete.

Gracias, señor desconocido del metro, que hace 33 años devolvió la sonrisa a una niña pequeñita y a su madre que les faltaba el pelo de un calvo para ponerse a llorar. No hacen falta mil grullas, con una sola hecha de todo corazón los dioses escuchan las plegarias, y contra todo pronóstico, me curé.

Desde entonces siempre quise saber hacer grullas, pero no sé, así que pongo ésta y me imagino que la mando de un soplido para que los dioses curen a mi querido Japón.

Angelika.

 

La historia de las mil grullas está muy muy bien contada aquí:http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2010/08/10/trilogia-sobre-hiroshima-iii-grullas-y-esperanza/#more-15239

Me gustan los peces porque hacen “puc puc”

 

Lenore, la hermosa, dulce y adorable niña muerta.

Adoro a Lenore, esa encantadora niña a la que le gustan los gatitos y los peces, que tiene líquido de embalsamar por sus venas en lugar de sangre. ¡Es tan tierna!.

Ademas, tenemos muchas cosas en común, menos la edad, claro (ella tiene 100 años), nos gustan los gatitos, que los peces hagan “puc puc” , vestir de negro, los cuchillos de  8 pulgadas… Pero yo no soy rubia. Ella, cuando estaba viva, era morena, fué el líquido de embalsamar el que la volvió rubia. Es lo que tiene estar embalsamada, te conservas joven, pero te vuelves rubia. Lo que Lenore tiene y yo no, son muchos amigos.

Claro, que los pocos que tengo se parecen mucho a estos, Ragamuffin, Taxidermo, el señor Muerte, el demonio Frito, el Duende del Panquesito, el pequeño Bobby, la Bola de Pelo que salió del desagüe, Gatito 23 y cómo no, el adorable Señor Fantasma.

 

Adoro a la Adorable Niña Muerta.

Puc Puc.

Los gusanitos, esos grandes amigos.

Lo reconozco, y dicen que ese es el primer paso para superar una adicción. Pero que me lo reconozca yo a mí misma a lo mejor no vale y tengo que reconocerlo en público. Como este blog no lo lee nadie, es como hablar conmigo misma pero sin cuestionarme mi salud mental (¿Otra vez estás hablando contigo misma?, Sí, ¡Tú estás loca, tía!) porque lo malo es que cuando me hablo me respondo y pierdo en la conversación.

Soy adicta, a los gusanitos. Esas cositas amarillentas, esponjosas, que se pegan en el paladar y en la lengua y en todas partes, y tienen pinta de cagarrutas de poliespán. Pues esas. Las necesito, busco los paquetes más grande (de gusanitos) y los devoro en sagundos. Claro, luego las lorzas crecen y me duele el estómago. Y ahora me arrepiento de haberme cepillado tres bolsas porque estoy en plena resaca de gusanitos. Veo un filete y como que me repele, solo quiero roer una caja de cartón. ¿De qué estarán hechos?.

Pero lo peor de todo, y es que las adicciones son muy malas, es que por un gusanito llegas a perder hasta tu dignidad. Ayer descubrí gusanitos de Hello Kitty, la puñetera gatita que está hasta en la sopa, y la odio porque es tan… tan… rosa. Pues me compré la bolsita, coño, eran gusanitos… ¡con forma de florecitas!. Y ahora tengo la prueba empírica de que es una gata satánica.  Me sentí poseída, no sé si por el gusanito en forma de flor o la gata puñetera, pero ahora tengo una calcomanía (el tatuaje de los pobres) en el brazo, rosa, y una pegatina de la gatita rodeada de flores y purpurinas rosas (que venían dentro del paquete), pegada en mi ordenador ¡completamente negro, como todo lo mío!, y encima la muy asquerosa me mira y se ríe.

Y éstas son las consecuencias de toda adicción, que te puedes encontrar un día con una pegatina en el hombro de una gatita vestida de ROSA rodeada florecitas. Eso es malo, no tanto para una niña repollo, pero para mí, que de siniestra me pasé hace años ya al lado oscuro, es humillante. Es lo que tiene necesitar gusatinos para mis procesos creativos, crear creo, pero cosas rosas y con purpurinas.

Damnificados por la adicción a los gusanitos y sujetos que se hayan sentido poseido por la jodía gata rosa, que opinen aquí abajo.

Como hablo sola, ya me opinaré yo que seré la única que me lea.

Besitosss.

La Angelikal Geisha del Arrozal.

Regreso a mi casita de cartón

Es un poco justa, pero tal y como están los alquileres hoy en día, aquí encontré mi hogar. Por cierto, no compro nada. ¿quién llama a la puerta?

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